Redes sociales: ¿cómo impactan en la salud y el desarrollo de los menores?

El aumento del uso de dispositivos digitales por parte de niños, niñas y adolescentes en las últimas décadas, especialmente de móviles y redes sociales, junto con el incremento de los índices de trastornos de salud mental, que afectan a 1 de cada 7 jóvenes de entre 10 y 19 años según datos de la OMS, han generado una preocupación creciente y todo un debate público en torno a la relación entre estos dos fenómenos.

Tanto es así que el Informe Mundial de la Felicidad de 2026, publicado anualmente por Naciones Unidas para medir el nivel de bienestar de la población en más de 140 países, se ha centrado en el papel que juegan las redes sociales. Según este informe, su uso intensivo contribuye a una caída importante del bienestar en la población de jóvenes menores de 25 años, particularmente en los y las adolescentes de los países de habla inglesa y de Europa occidental.

En España, la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo), ha señalado en un estudio con datos de más de 10.000 menores atendidos de junio de 2023 a junio de 2024 que más de un 50% de los casos estaban relacionados con un uso inadecuado de la tecnología, ya fuera porque eran problemas relacionados con la tecnología, como el ciberacoso, o porque las tecnologías estaban presentes en los conflictos. En Catalunya, los datos del informe de Unicef publicados en junio de 2026, con respuestas de cerca de 11.500 alumnos y alumnas de entre 10 y 20 años, asocia el uso problemático de las redes sociales con más malestar emocional, que incluye ansiedad, depresión y riesgo de suicidio, y se traduce en una menor satisfacción vital.

Cuestiones como la salud mental son complejas y dependen de factores genéticos, psicológicos, sociales y ambientales, tal y como explica Unicef. Si bien el tiempo frente a la pantalla puede ser parte del problema, ciertamente no es la única variable en juego.

Pero, ¿podemos decir que la exposición a las pantallas contribuye a la prevalencia de problemas de salud mental en menores? ¿Qué dicen los estudios científicos más relevantes?

Correlación vs causalidad

«No existe una causalidad simple, lineal y universal entre ‘entornos digitales’ y psicopatología o alteraciones del neurodesarrollo en menores de edad». Eso concluye un dossier con 70 evidencias científicas elaborado por la Plataforma Control Z a petición de la Comisión Europea para determinar el grado de certeza sobre una posible relación causal entre la exposición digital y los daños a la salud infantil i juvenil.

La investigación disponible no permite establecer relaciones de causalidad porque los estudios necesarios para hacerlo (es decir, ensayos clínicos aleatorizados a gran escala con grupos cruzados) serían éticamente inadmisibles. Así pues, el grueso de la evidencia actual proviene de estudios observacionales, la mayoría transversales (es decir, que analizan a los participantes en un momento concreto), donde el equipo investigador no puede controlar las variables que estudia. Esto permite establecer asociaciones entre el uso de pantallas y distintos aspectos de salud, pero no causalidad. En este contexto, los estudios longitudinales (que siguen a los participantes a lo largo del tiempo) y las intervenciones controladas para reducir el uso de pantallas aportan información valiosa para inferir de forma indirecta relaciones de causa-efecto.

Por otra parte, los metaanálisis, revisiones sistemáticas y revisiones paraguas existentes, que tienen por objetivo sintetizar toda la evidencia sobre el tema, no han permitido extraer conclusiones sólidas en lo que se refiere a los efectos de la exposición digital sobre la salud mental infantojuvenil. A grandes rasgos, suelen encontrar asociaciones pequeñas o moderadas entre pasar más tiempo frente a dispositivos digitales y peores indicadores de salud mental.

Por ejemplo, una de las revisiones paraguas recientes más citadas, publicada en 2023 en Nature Human Behaviour, examinó más de 2.000 estudios que incluían a casi 2 millones de participantes de hasta 18 años. La asociación más consistente derivada del análisis relacionaba el uso de redes sociales con depresión y conductas de riesgo. Ahora bien, los autores subrayaban que la mayoría de artículos incluidos presentaban limitaciones metodológicas y mucha heterogeneidad, y también que sus hallazgos sugerían que “el uso de pantallas es un tema complejo, con asociaciones basadas no sólo en la duración y el tipo de dispositivo, sino también en el contenido y el entorno en el que tiene lugar la exposición”.

Otras revisiones paraguas y sistemáticas que han tenido mucho impacto en los últimos años han llegado a conclusiones similares, considerando las asociaciones entre uso de pantallas y salud mental «débiles» o incluso «inconsistentes».

Hay que tener en cuenta que los estudios disponibles son muy diversos en cuanto al diseño (unos son transversales y otros longitudinales), la conceptualización (unos hablan de pantallas en general y otros de usos concretos), los indicadores de salud mental evaluados (ansiedad, depresión, autolesiones…) y la población objetivo (infantil o adolescente). Por tanto, agruparlos en un metaanálisis o revisión sistemática podría simplificar excesivamente la evidencia y contribuir a la debilidad de las asociaciones encontradas.

Algunas de estas grandes revisiones también han remarcado que el término “pantallas” es demasiado inespecífico para establecer inferencias causales precisas: no es lo mismo ver un programa educativo en la televisión con una persona adulta o contenido no adaptado a la edad sin supervisión, ni utilizar las redes sociales para hablar con las amistades, para consumir vídeos cortos con potencial adictivo o para ejercer ciberacoso.

Parece, pues, que la evidencia científica lleva a un desplazamiento del debate desde los posibles daños derivados del uso general de “pantallas” hacia la identificación de exposiciones digitales específicas (patrones de uso, contenidos, contexto, edad y perfiles de vulnerabilidad) que aumenten el riesgo de sufrir efectos adversos concretos.

Más allá de las horas de pantalla

Varios estudios han mostrado que utilizar dispositivos digitales durante mucho tiempo al día puede afectar negativamente a la salud mental a través de la alteración de actividades que son esenciales para el bienestar, como el sueño o la actividad física.

La evidencia señala que el uso de pantallas por la noche retrasa el sueño, reduce su duración y deteriora su calidad. Una revisión sistemática publicada en 2016 halló asociaciones negativas entre indicadores de buen sueño y el tiempo de uso de diferentes dispositivos digitales (televisión, ordenador, consolas o móviles) en más de un 80% de los estudios analizados. Además, un metaanálisis reciente confirmó una asociación sólida entre el aumento del tiempo frente a las pantallas y efectos adversos sobre el sueño, más acusada en la etapa adolescente: por cada hora adicional de pantalla, la hora de acostarse se retrasaba 13 minutos y la duración total del sueño se reducía 3-5 minutos.

Pasar un tiempo excesivo frente a las pantallas también se ha asociado con menos actividad física. Por ejemplo, el análisis de los resultados del estudio PASOS identificó que un tiempo elevado de uso de pantallas tendía a agruparse con niveles más bajos de actividad física en menores de 8 a 18 años, la mayoría de los cuales no llegan a las recomendaciones de ejercicio físico diario de la OMS. Encuestas similares en Estados Unidos también han observado que los y las adolescentes con mayor uso de pantallas generalmente realizan menos actividad física. De acuerdo con un estudio reciente basado en datos de una encuesta nacional en Estados Unidos a más de 50.000 menores de entre 6 y 17 años, el tiempo diario ante las pantallas (más de cuatro horas), ligado a la disminución de la actividad física, la regularidad de la hora de ir a dormir y la duración del sueño, se asocia con una peor salud mental.

Aunque gran parte de la investigación se ha centrado en el tiempo total pasado frente a las pantallas, estudios más recientes han dado más peso a aspectos concretos de su uso. Por ejemplo, las experiencias de ciberacoso y victimización en línea se han descrito como un criterio relevante asociado con una peor salud mental, independientemente del tiempo total de uso de pantallas.

¿Podemos hablar de adicción?

Uno de los aspectos que está tomando mayor protagonismo son los patrones de uso compulsivo y adictivo, que un estudio longitudinal publicado en 2025 en la revista JAMA Network ha destacado como factor de riesgo para ideaciones y conductas suicidas y otros problemas de salud mental. El artículo se basa en la cohorte ABCD (del inglés Adolescent Brain Cognitive Development), una de las mayores disponibles, que ha seguido los efectos del comportamiento digital de más de 4.000 menores estadounidenses de entre 9 y 10 años hasta cumplir 14. El análisis de los datos concluyó que más horas de pantalla no se asociaban con una peor salud mental posterior, pero en cambio, sí lo hacía el uso problemático de las redes sociales y los teléfonos móviles, así como el aumento a lo largo del tiempo de dicho uso, que afectaba aproximadamente a un tercio de menores participantes en la encuesta.

En estudios longitudinales sobre esta y otras cohortes, así como en un metaanálisis publicado en el año 2024, también se ha llegado a la conclusión de que es el uso problemático, más que el número absoluto de horas invertidas, lo que guarda relación con una peor salud mental.

Aunque se habla de uso adictivo de las redes sociales, no hay consenso médico y científico que considere la existencia de una adicción patológica en las pantallas. De hecho, la OMS reconoce sólo la adicción al juego de apuestas y a los videojuegos como los dos únicos trastornos por conductas adictivas sin sustancia. Este tipo de adicciones se llaman “adicciones comportamentales”, y se caracterizan por la pérdida de control sobre hábitos que inicialmente generan placer pero que se vuelven compulsivos a pesar de generar consecuencias negativas. 

De forma similar a lo que sucede con el consumo de drogas, los principales manuales como el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) consideran una actividad como adicción cuando domina los pensamientos, sentimientos y conducta de un individuo; modifica su humor; hace que necesite dedicarle cada vez más tiempo (tolerancia); hace que desarrolle malestar físico o emocional cuando la actividad desaparece (abstinencia) y genera un conflicto con otros aspectos de su vida (trabajo, vida social, intereses, aficiones). 

La guía clínica sobre adicciones comportamentales basada en la evidencia de la Sociedad Científica Española de Estudios sobre el Alcohol, el Alcoholismo y las otras Toxicomanías considera que los teléfonos inteligentes (smartphones), en lugar de ser adictivos de por sí, “son el medio que permite la participación en actividades potencialmente adictivas, algunas de las cuales contribuyen a aumentar el sentimiento de dependencia”. Uno de los ejemplos que ponen sobre la mesa es el de las redes sociales, pero remarcan que «no se cumplen todos los factores de la dependencia psicológica y las consecuencias negativas son leves o moderadas y transitorias» para que puedan ser consideradas como adicción. «Está claro que ciertas personas usan las redes sociales de una manera problemática y, en consecuencia, experimentan consecuencias negativas. Sin embargo, etiquetar esta situación como una adicción no nos da mucha información sobre los mecanismos específicos mediante los cuales las redes sociales pueden conducir a estas consecuencias negativas», concluyen.

Aunque no es una categoría clínica, el término “uso problemático” se utiliza en el ámbito científico y médico para identificar conductas con características adictivas. El comité de expertos del Gobierno español sugería en su informe el término uso problemático de Internet para referirse a la posible dependencia de Internet y las redes sociales, sin llegar a incluirlo en los manuales diagnósticos, un término que también recogen muchos otros estudios académicos.

El uso problemático de las redes, tal y como describe el informe de Unicef España, se refiere a un patrón de uso de las redes sociales desadaptativo (con una conexión excesiva y poco controlada), que interfiere en la vida cotidiana y puede llegar a generar un malestar clínico significativo. Se manifiesta en la necesidad constante de estar conectado o conectada, la dificultad para reducir el tiempo en línea y la presencia de síntomas emocionales negativos cuando no se accede a estas plataformas. 

Según el informe, en España, el 5,7% del alumnado de entre 10 y 20 años podría haber desarrollado un patrón de uso problemático de las redes sociales, porcentaje que se eleva hasta un 6,7% en Catalunya. La proporción del alumnado que reporta un uso problemático también presenta variaciones en función del género y la edad: es mayor entre las chicas (7,2% en España, 8,6% en Catalunya) que entre los chicos (4% en España, 4,8% en Catalunya), y aumenta con la edad, llegando a valores máximos en Bachillerato, con un 8,5% de uso problemático en nuestro territorio y un 7,7% en el conjunto del Estado español.

El diseño de las redes puede promover su uso problemático

El uso problemático de las redes sociales por parte de algunos usuarios y usuarias abre el debate sobre si es precisamente el diseño de estas plataformas el que potencia patrones de uso adictivo. Algunas expertas como la psiquiatra Anna Lembke apuntan a que la recompensa inmediata, frecuente y fácilmente accesible que generan las redes sociales juegan un papel en el tiempo que se le dedica y en el desarrollo de posibles dependencias.

En todo este proceso podría intervenir la dopamina, un neurotransmisor que participa en el sistema de recompensa de nuestro cerebro. A menudo se libera frente a estímulos gratificantes, nuevos o impredecibles, como los que aparecen en las redes, reforzando la tendencia a buscarlos de nuevo. Este estudio piloto publicado en la revista Frontiers es uno de los pocos que ha medido las señales cerebrales ante contenidos, y ha comprobado que los estímulos de Instagram pueden activar los circuitos cerebrales de recompensa mientras debilitan temporalmente los mecanismos de autocontrol, un patrón similar al observado en las adicciones a sustancias.

El diseño de muchas plataformas incorpora elementos que encajan con la activación de estos mecanismos de refuerzo, como el scroll infinito, algoritmos que personalizan el contenido, notificaciones y sistemas de recompensa social cuantificada y variada (el número de “me gustas”, de visualizaciones, de comentarios, de seguidores). Estas características pueden reforzar patrones de uso problemático, especialmente en plataformas basadas en contenido audiovisual corto como TikTok o Instagram.

Detrás de este diseño se encuentran estrategias habituales del marketing que tienen por objetivo retener la atención de quien utiliza la plataforma y se enmarcan en la llamada economía de la atención. Su potencial adictivo está empezando a reconocerse incluso desde dentro de la industria tecnológica; por ejemplo, el ingeniero que inventó el scroll infinito, Aza Raskin, ha llegado a pedir perdón públicamente por haberlo hecho. 

Así, la evidencia actual «desplaza el objeto de regulación desde el comportamiento individual hacia el diseño del producto», señalan las asociaciones médicas y psicológicas que forman parte de la Plataforma Control Z. De hecho, ya existen varios ejemplos de investigaciones legales y sanciones que van en esta línea y que señalan la responsabilidad de las grandes tecnológicas sobre los potenciales efectos negativos que tienen sus productos. En Europa, la Comisión Europea investiga a TikTok por no actuar ante los riesgos derivados de su diseño adictivo, que incluye el scroll infinito, la reproducción automática, las notificaciones push y el sistema de recomendación altamente personalizado.

En Estados Unidos, dos litigios en 2026 impusieron sanciones millonarias a Meta por el diseño adictivo y los contenidos peligrosos de sus plataformas. En uno de los casos, una joven de 20 años alegaba que el diseño de redes como Instagram la había conducido a patrones de uso compulsivo y contribuido a su malestar emocional, incluyendo ansiedad, depresión e ideaciones suicidas. La compañía tiene múltiples litigios abiertos en el país norteamericano, pero el 26 de agosto de 2026 llegaron a un acuerdo de 18.000 millones con prácticamente todos los estados del país para cerrar los procedimientos abiertos que los acusaban de conocer los perjuicios de sus plataformas y lucrarse.

La adolescencia, especialmente vulnerable al diseño de las redes

A pesar de toda la evidencia acumulada, sigue sin existir consenso sobre si el uso problemático de las redes contribuye a una peor salud mental, o si, a la inversa, son las condiciones preexistentes las que refuerzan los patrones de uso compulsivo. Un análisis reciente de estudios longitudinales ha sugerido que probablemente existe una relación bidireccional donde una vulnerabilidad previa facilita el desarrollo del uso problemático, que a su vez puede agravar la vulnerabilidad.

La adolescencia parece ser una etapa especialmente vulnerable a los efectos del uso de las redes. Durante esos años, el sistema de recompensa del cerebro reacciona especialmente a los estímulos nuevos y gratificantes, mientras que la corteza prefrontal, región implicada enel control de impulsos y la autorregulación, todavía se encuentra en desarrollo. Todo esto hace que elementos de las redes sociales como la recompensa variable, los mecanismos de validación social o el contenido impredecible puedan resultar especialmente atractivos y difíciles de regular. De hecho, un estudio longitudinalpublicado en 2022 en Nature Communications identificó las edades de 11 a 13 años (en chicas) y de 14 a 15 años (en chicos) como las más sensibles a efectos del uso de las redes sociales. En dichos períodos, un mayor uso de éstas predecía una menor satisfacción vital un año después.

Más allá de la edad, varios estudios han identificado otros factores que podrían aumentar el riesgo de desarrollar un uso problemático de las redes sociales y sufrir las consecuencias psicológicas asociadas, como la presencia de condiciones de salud mental previas, el género (mujeres) o situaciones socioeconómicas vulnerables.

Per exemple, un estudio publicado en 2025 en la revista Nature Human Behaviour encontró que los y las adolescentes con trastornos de salud mental diagnosticados pasaban más tiempo en las redes sociales y eran menos felices con su vida social en línea que quien no sufría patologías previas, probablemente por una mayor sensibilidad a la comparación social.

Tanto datos de la OMS de 44 países como de Unicef ​​España muestran una mayor prevalencia de uso problemático de las redes sociales en chicas adolescentes que en chicos (13% vs 9% y 7,2% vs 4%, respectivamente), especialmente en plataformas centradas en la interacción social y la apariencia física. Estas diferencias también se reflejan en la literatura científica, que sugiere una mayor vulnerabilidad por parte de las chicas a efectos de la comparación social en línea y de los entornos digitales. El estudio del Millennium Cohort de Reino Unido, con más de 10.000 adolescentes, mostró que el uso de las redes sociales se asociaba con más síntomas depresivos en las chicas a través de aspectos como la baja autoestima o la preocupación por la imagen corporal. Revisiones sistemáticas y metaanálisis también han revelado asociaciones con comparación social y conductas alimentarias problemáticas, en las que la visualización y publicación de fotos puede jugar un papel importante.

Otros datos apuntan que el nivel socioeconómico también determina el grado de vulnerabilidad frente al uso problemático de las redes en la adolescencia. El Informe Mundial de la Felicidad de 2026 concluye que jóvenes de familias con un estatus socioeconómico más bajo reportan menos bienestar asociado a un uso problemático en comparación con quien dispone de un contexto más favorable que puede implicar una mayor disponibilidad de recursos familiares, competencias digitales o supervisión parental/adulta.

No obstante, y especialmente en colectivos minoritarios como jóvenes con cáncer, personas autistas o del colectivo LGTBIQA+, también se han sugerido posibles beneficios del uso de las redes en términos de conexión social, acceso a información, soporte emocional y creación de identidad y comunidad. Desde la Academia Americana de Pediatría, sin embargo, puntualizan que aunque en estos casos “los medios digitales pueden favorecer la conexión social y el bienestar”, “también pueden amplificar la discriminación, lo que se asocia a una peor salud mental”.