Los adolescentes con menos recursos son más vulnerables a efectos del uso compulsivo de las redes sociales
Una nueva investigación internacional liderada por la UAB revela que el nivel socioeconómico determina el grado de vulnerabilidad de los jóvenes frente al uso excesivo de las redes
Una nueva investigación internacional liderada por la UAB revela que el nivel socioeconómico determina el grado de vulnerabilidad de los jóvenes frente al uso excesivo de las redes

El debate sobre el impacto de las redes sociales en la salud mental de los jóvenes está vivo, pero la evidencia científica sigue sin ofrecer respuestas claras. En este contexto, sin embargo, un estudio internacional liderado por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y el Centro de Estudios Demográficos (CED), publicado en el World Happiness Report 2026, establece una correlación relevante (que no una relación causal): el uso problemático de las redes se asocia con un peor bienestar adolescente, y ese impacto es más fuerte entre los jóvenes de entornos socioeconómicos más desfavorecidos.
La investigación compara datos de más de 330.000 adolescentes de entre 11 y 16 años de hasta 43 países, entre ellos España, i muestra que un uso más compulsivo de las redes se asocia con mayor malestar psicológico y menos satisfacción de la vida; unos efectos que se refuerzan en familias menos favorecidas.
El uso problemático de las redes y el malestar: una relación bidireccional
El comité de expertos del Gobierno sugería a su informe del 2022 el término uso problemático de Internet para referirse a la posible dependencia en Internet y las redes sociales. En este sentido, Pablo Gracia, investigador del Centro de Estudios Demográficos y el principal autor de la investigación, define el uso problemático de las redes sociales, que mide con una escala validada académicamente,como aquel “potencialmente adictivo, excesivo o que pueda implicar que el usuario que las utiliza no tenga demasiado control sobre su uso”.
Numerosos estudios han analizado la relación entre el uso de las redes sociales y la salud mental de los jóvenes, pero las síntesis de evidencia han encontrado generalmente efectos pequeños, incluso, contradictorios. Esta nueva búsqueda no rompe con la cautela: presenta una correlación, no una causalidad, queybidireccional. “Un uso excesivo de las redes te lleva a una peor salud mental pero, al mismo tiempo, hay estudios que indican que las personas que tienen problemas de salud mental tienden a pasar más tiempo en las redes”, explica el investigador en Verificat.
Un riesgo que no afecta a todos por igual
Los resultados de la investigación revelan un patrón en los 43 países: un uso problemático de las redes sociales se asocia con menos bienestar adolescente, incluyendo más quejas psicológicas y una menor valoración de la vida, una relación que se refuerza en las familias menos favorecidas. Los adolescentes de bajo nivel socioeconómico son los que sufren las mayores consecuencias de las conductas digitales compulsivas o adictivas, mientras que sus compañeros con más recursos están relativamente más protegidos de estos efectos. En palabras de Gracia, «este uso problemático y su vinculación con el malestar general existe para todos los grupos, pero es entre las clases más desfavorecidas donde el factor de riesgo es más pronunciado».
Los datos lo cuantifican: los adolescentes de nivel socioeconómico alto muestran una asociación entre un 5 y un 10% más débil entre el uso problemático y las quejas psicológicas, y una reducción de entre un 10 y un 13% en la relación negativa entre este uso y la satisfacción con la vida.
En cuanto a la situación geográfica, España se sitúa dentro del bloque mediterráneo, el grupo de países en los que la relación entre el uso problemático de las redes y la reducción del bienestar es menos acusada. Sin embargo, los investigadores subrayan que España destaca negativamente dentro de este grupo.
El estudio también apunta a una variable de edad: la relación entre el uso problemático de las redes y el bienestar es más fuerte entre los adolescentes más jóvenes, de 11 a 12 años. Esto señala la adolescencia temprana como un período de desarrollo especialmente sensible en cuanto al uso de las redes sociales.
La detección, primer paso para hacerle frente
La evidencia científica no permite todavía determinar con exactitud qué factores hacen que un adolescente sea más vulnerable que otro, pero la investigación liderada por la UAB y el CED apunta a una combinación de elementos: desde la genética o el entorno familiar, hasta aspectos más inmediatos, como la supervisión en casa o el círculo de amigos. Pablo Gracia, autor principal del estudio, subraya que la detección es clave para mitigar el comportamiento compulsivo y las posibles consecuencias. «Si haces un uso adictivo de las redes, tener un entorno que lo identifique puede ayudar a revertirlo», afirma. Contar con referentes cercanos y grupos de apoyo en momentos difíciles, añade, «marca la diferencia».
En este sentido, el estudio señala que las familias con mayor nivel socioeconómico tienen mayor capacidad para movilizar recursos: apoyo familiar, estrategias de crianza digital y competencias digitales más desarrolladas. Esta diferencia en recursos no es menor: adolescentes de contextos socioeconómicos bajos son un 35% más propensos a no comparar fuentes de información en relación con aquellos de familias de mayor nivel socioeconómico.
En la misma línea, las evidencias apuntan a que las familias con menor nivel socioeconómico tienden a dedicar más tiempo al uso de pantallas. Una revisión sistemática de 2015 concluyó que los niños de estos entornos presentan con mayor frecuencia hábitos sedentarios, como comer delante de la televisión o tener un aparato televisor en la habitación. Sin embargo, el mismo estudio también señala que no existen pruebas suficientes para afirmar que las familias con menos ingresos sean más permisivas en cuanto al uso de pantallas.
Ni tecnofilia ni tecnofobia: hacia una educación digital crítica
A escala pedagógica, Gracia aboga por superar los extremos que han marcado el debate educativo. «En Catalunya hemos pasado de la tecnofilia a la tecnofobia en las aulas, de un extremo a otro», apunta. Para él, la solución implica invertir en formación docente para que estos temas no queden al margen de las escuelas, y apoyar a las familias a través de los centros educativos y la comunidad para gestionar todo el tiempo que los adolescentes pasan fuera de las aulas. Sobre el uso de la tecnología en el aula y mucho otros temas relacionados con las pantallas hablamos de ello en el debate “Pantallas: una amenaza o una herramienta educativa”.