Uno de cada tres menores descubre qué son las autolesiones a través de las redes sociales
Las plataformas facilitan códigos compartidos secretos que esquivan las moderaciones y crean comunidad de riesgo para jóvenes vulnerables
Las plataformas facilitan códigos compartidos secretos que esquivan las moderaciones y crean comunidad de riesgo para jóvenes vulnerables

Uno de cada tres adolescentes de entre 14 y 17 años admite que conoció qué eran los contenidos autolesivos en las redes sociales, y uno de cada diez reconoce haber buscado ejemplos, según el último estudio del proyecto Autolesiones y menores de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid). Las redes sociales pueden ser una ventana al mundo para jóvenes y adolescentes, pero también un espejo de las angustias y el malestar que cargan. Mensajes que empiezan como una aparición esporádica condicionada por los algoritmos o como una búsqueda voluntaria de apoyo, pueden actuar como altavoces de conductas de riesgo dentro de una espiral de silencio, señalan expertos consultados por Verificat.
Los contenidos autolesivos no suicidas (ANS) se definen, según el Hospital Clínic de Barcelona, como el daño intencionado y autoinfligido en el tejido corporal sin intención suicida. Es decir, quemaduras, cortes, pellizcos o golpes hacia uno mismo, entre otros. En las redes sociales, esta realidad se transforma en vídeos, músicas o imágenes aparentemente inofensivas o infantiles que muestran estas conductas de manera subliminal y metafórica. Por ejemplo, con el uso de términos en clave.
La investigación aclara que ver imágenes de contenidos autolesivos puede tener efectos predominantemente nocivos, como la escalada de la conducta, la comparación social y la creación de una identidad ligada al daño, y así lo evidencia una revisión sistemática de la Association for Child and Adolescent Mental Health. Sin embargo, ninguno de los estudios examinados en esta revisión determina la causalidad, y apuntan que faltan «investigaciones longitudinales de mayor calidad» y «estudios que analicen los posibles mecanismos».
«Sociedad secreta» de códigos compartidos
Más de un tercio de los jóvenes españoles (34,7%) de entre 15 y 29 años asegura haberse autolesionado alguna vez y, de estos, un 16,5% lo hace a menudo, según el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar de 2025. La realidad de los contenidos autolesivos no es nueva, pero tal como recoge la guía «Abre los ojos ante las autolesiones en redes sociales», las redes sociales actuales permiten unos códigos de lenguaje compartidos, como imágenes simbólicas o etiquetas y emoticonos. De este modo, los jóvenes consiguen esquivar la moderación de las plataformas, a menudo con etiquetas que hacen referencia a una familia o «sociedad secreta», tal como reveló una investigación del Journal of Adolescents Health. Este tipo de lenguaje también se ha utilizado históricamente para promover la anorexia y la bulimia, a las que los usuarios se refieren como Ana y Mia, una tendencia que ha vuelto con la recuperada moda de la extrema delgadez.
«Antes, el contenido autolesivo se basaba en imágenes muy extremas con, incluso, presencia de sangre, pero ahora nos encontramos con vídeos muy metafóricos en Instagram o TikTok donde, sin mostrarte imágenes explícitas, comparten mensajes como el hecho de que la vida no tiene valor», explica a Verificat Esther Martínez, catedrática en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) e investigadora del grupo de investigación Autolesiones y menores.
Según investigaciones del grupo de investigación de la URJC, la palabra «barcode» (código de barras, en inglés) se utiliza para representar los cortes provocados por las autolesiones, o las judías hacen referencia al aspecto del hipodermo, la capa menos superficial de la piel, después de haber recibido una herida profunda. A estas simbologías se suman, explica la experta, músicas e imágenes, incluso infantiles, para representar el dolor de una manera metafórica y poco explícita, pero con un mensaje profundo: la idea de que la vida no tiene sentido.
Para Martínez, el peligro se encuentra en el funcionamiento de las plataformas y su «incapacidad» y «no-voluntad» de detectar estos contenidos metafóricos, a pesar de su política de moderación de contenidos. En el caso de Meta, por ejemplo, en teoría, suprime «el contenido que fomenta el suicidio, las autolesiones o los trastornos alimentarios incluido el contenido ficticio (como memes o ilustraciones) y el contenido gráfico relacionado con autolesiones». Según el estudio Autolesiones y menores, el 90% de los adolescentes encuestados de entre 14 y 17 años considera que debería haber una regulación para este tipo de imágenes y vídeos en las redes sociales.
De la pertenencia de grupo a la espiral de silencio
Más allá de los códigos y los algoritmos, el impacto de estas publicaciones reside en la vulnerabilidad emocional de quien las consume. Aunque la evidencia no aporta una causalidad clara entre su consumo y la práctica de conductas autolesivas, Manuel Armayones, catedrático en diseño del comportamiento de la UOC y miembro del Comité ePsicología del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña, recuerda que «todo aquello que vemos nos influencia y nos genera todo tipo de emociones». El problema, según el académico, es el contexto: «Los jóvenes y adolescentes transitan por una etapa de búsqueda del yo y la propia identidad, y el hecho de que estos contenidos aparezcan de manera tan orgánica puede ser determinante en este proceso». Si la exposición a estos materiales coincide con un momento de malestar personal, lamenta, pueden provocar sensaciones muy negativas.
Sin embargo, muchos jóvenes recurren a ellos para llenar vacíos emocionales. «Reciben apoyo para sus necesidades existenciales del momento», apunta Armayones. Esta búsqueda de validación está estrechamente ligada al sentimiento de comunidad. Según el estudio del Journal of Adolescents Health, los adolescentes desarrollan en estos ámbitos virtuales un sentimiento de pertenencia que, paradójicamente, les permite informarse sobre conductas peligrosas y, como explica Esther Martínez, «poder hablar de cosas que durante su vida cotidiana no comparten y dejan para la intimidad».
Armayones, sin embargo, avisa de que el peligro de esta sensación de comunidad es la dificultad para romper el vínculo cuando el malestar se agrava. «El entorno de estos contenidos te crea un círculo del que después no te deja salir».
Ante esta realidad, Armayones apuesta por la prevención proactiva de lo que denomina «vacunas cognitivas digitales». El objetivo es dotar a jóvenes y adolescentes de un «sistema inmunitario digital» para que incluso cuando pasen por un mal momento vital, tengan las herramientas críticas suficientes para hacer frente a estos contenidos y evitar caer en la espiral del daño algorítmico.