Introducción
La Unión Europea se ha fijado como objetivo alcanzar la neutralidad en carbono en 2050, que consiste en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y equilibrar las que no se puedan eliminar. Es una de las estrategias principales para luchar contra el cambio climático y se enmarca en la idea, impulsada por el Pacto Verde Europeo, de que el crecimiento económico no debe ser sinónimo de más contaminación.
En el camino hacia esta neutralidad, la UE pretende haber reducido sus emisiones en un 55% en 2030, y un 90% en 2040, respecto a las de 1990. Hasta 2023, la caída de las emisiones netas fue de un 37%.
El sector del transporte es uno de los objetivos principales en este camino, porque ha sido el único que las ha aumentado en vez de disminuirlas, con datos de la Agencia Europea de Medio Ambiente (EEA).
En concreto, las autoridades europeas han apuntado a la descarbonización del transporte por carretera como un hito clave en su hoja de ruta, porque coches y furgonetas son responsables del 15% de todas las emisiones de CO₂ en la UE, según datos del Parlamento Europeo.
Para conseguir la reducción de emisiones a la que se ha comprometido, la UE propuso en 2021 un paquete de medidas climáticas llamado Fit for 55, que marcaron objetivos concretos para cada sector y que, en términos de transporte rodado, suponía una clara apuesta por los vehículos eléctricos, tal como apuntaba la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, en declaraciones a la prensa el pasado mes de marzo. Su comparecencia cerró la celebración de la segunda reunión del «Diálogo estratégico», un punto de encuentro entre la Comisión y los principales actores de la industria europea del automóvil. El viernes 12 de septiembre se llevará a cabo un nuevo encuentro en este marco.
La medida concreta, que ha generado especial controversia entre la industria automovilística y algunos partidos y Estados miembros, establece que a partir de 2035 solo se permitirá introducir en el mercado coches y furgonetas nuevos si son “cero emisiones”. Es decir, que de aquí a diez años ya no se podrán registrar en la UE coches y furgonetas que funcionen con gasolina o diésel. La regulación explica que la vida media de estos vehículos en la Eurozona es de 15 años, de modo que pretende conseguir una flota totalmente neutra en carbono para 2050.
En el intento de flexibilizar este objetivo, que los agentes implicados ven difícil de conseguir, han entrado en el debate los biocombustibles, un tipo de carburante que proviene de materia orgánica y se comercializa bajo la promesa de ser más sostenible que el petróleo. Los biocombustibles pueden funcionar con los motores de combustión interna tradicionales a la vez que, sobre el papel, reducen las emisiones, por lo que algunos países piden todavía hoy incluirlos como excepción.
Hasta ahora, la prohibición no ha considerado estas apelaciones, aunque existen normativas europeas que promueven su uso y producción, especialmente en el transporte marítimo y aéreo, pero también el rodado. Este marco, que empuja a grandes empresas del sector petrolero a incluir los biocombustibles en su oferta, ha propiciado un aumento de la comunicación, la publicidad y, también, la desinformación en torno a este tipo de carburantes. El movimiento cuenta con el apoyo de países como Italia o partidos como el Partido Popular Europeo (EPP), que defienden su “sostenibilidad” para incluirlos como una excepción a la prohibición.
Una medida controvertida
El camino hasta la aprobación de la prohibición para 2035 ha sido tortuoso. Ya en 2022, cuando la normativa estaba en plena negociación, Jens Gieseke, eurodiputado y negociador del Grupo del Partido Popular Europeo, advertía en un comunicado que podría provocar un “efecto Habana”, llenando las calles europeas de “coches vintage, porque los nuevos no estarán disponibles o no serán asequibles”. En el texto pedía dar espacio a los carburantes alternativos en el futuro verde planteado por la UE: “Una regulación voluntaria para los biocombustibles y combustibles sintéticos climáticamente neutros habría sido mejor para preservar la apertura tecnológica y una cierta flexibilidad para los productores”.
La discusión de la flexibilización alcanzó la máxima tensión en el momento de la aprobación de la norma, en 2023. Alemania consiguió a última hora que se añadiera la excepción de los e-fuels, que permitirá la comercialización de los vehículos que funcionen con estos productos sintéticos más allá de 2035. Se trata de combustibles que se consideran neutros en carbono, pero que todavía no se producen a gran escala y tienen un coste elevado. Los biocombustibles, aunque se negociaron hasta el final, quedaron fuera del acuerdo.
Incluso con la prohibición aprobada, la normativa continúa enfrentando dificultades. Ursula von der Leyen se reunió a principios de 2025 con los principales actores de la industria automovilística en un “Diálogo Estratégico”. De la sesión salió un comunicado de la presidenta del Europarlamento en el que reconocía que en el sector “hay una petición clara de una mayor flexibilidad en relación con los objetivos de CO₂”. La Comisión dijo haber “tomado nota” de ello y se comprometió “a abordar esta cuestión de manera equilibrada y equitativa”. Pocos meses después, en mayo de 2025, los 27 revisaron la norma y aprobaron una enmienda que ofrecía más flexibilidad para los fabricantes de vehículos a la hora de alcanzar un objetivo intermedio de reducción de las emisiones entre 2025 y 2027.
¿Qué son los biocombustibles?
Los biocombustibles son productos derivados directa o indirectamente de materia orgánica de origen biológico, también conocida como biomasa. La madera, el maíz o las algas, por ejemplo, conforman esta materia que, para crecer, suele haber absorbido carbono a lo largo del ciclo vital mediante la fotosíntesis. Organismos internacionales como las Naciones Unidas consideran la biomasa como una fuente habitual de energía renovable, porque se puede producir continuamente y es abundante, en oposición a los “combustibles fósiles, como el carbón, el petróleo y el gas”, que no constituyen fuentes de energía renovables porque “tardan cientos de millones de años en formarse”. Este es el argumento que se utiliza desde las instituciones europeas, las agencias internacionales y las grandes empresas petroleras para establecer que los biocombustibles, como consecuencia, también son renovables.
Sin embargo, esta condición solo se cumple si para producir los biocombustibles se respetan los ritmos naturales de regeneración de las materias primas y si la demanda no supera las existencias, explica el ambientólogo y divulgador científico Andreu Escrivá a Verificat. La extracción masiva podría agotar estas fuentes naturales, apartándose así de lo que es renovable. Además, como la propia ONU advierte, “la bioenergía debe aplicarse únicamente en ciertas situaciones, ya que sus impactos potencialmente negativos para el medio ambiente se relacionan con un aumento a gran escala en las plantaciones de bioenergía y bosques, lo que genera una deforestación y un cambio en el uso de las áreas de tierra”.
Por otro lado, estas mismas instituciones, agencias y empresas incluyen estos productos como claves en el camino hacia las cero emisiones netas. El argumento se basa en que cuando se queman para producir energía, liberan el mismo carbono que habían captado previamente, creando, sobre el papel, un equilibrio entre absorción y emisión.
Pero hay que tener en cuenta que los biocombustibles no solo emiten gases de efecto invernadero cuando se queman, sino que la producción de materia prima, su transformación en combustible y el transporte y la distribución (sobre todo si se importa), también tienen una huella de carbono. Es decir, cuando se tiene en cuenta todo el ciclo de vida de estos productos, las emisiones netas no son nulas.
Teniendo en cuenta todo este proceso, con los “biocombustibles puede haber una reducción [de las emisiones] de hasta un 80-85%”, explica a Verificat Jordi Guilera, investigador en el Instituto de Investigación en Energía de Cataluña (IREC) y profesor en la Universidad de Barcelona (UB). Sin embargo, dependiendo del origen de la materia prima, las emisiones se pueden disparar, según la misma ONU. Esto ocurre sobre todo con lo que se denomina biocombustibles de primera generación, que se obtienen a partir de materias primas cultivables y comestibles, y que están generando una amplia controversia.
Buena parte de los biocombustibles producidos a escala mundial, especialmente en América Latina y los Estados Unidos, se enmarcan en esta definición, porque se producen a partir de productos cultivados: maíz, soja, aceite de palma o caña de azúcar, por ejemplo. Si se destina área agrícola a este tipo de biocombustibles, se reduce la tierra cultivable para alimentar a la población o a los animales, con una consecuencia directa sobre los precios de los alimentos, según la Organización de Alimentos y Agricultura (FAO). Incluso, a veces, se ocupan o deforestan bosques, como la comunidad científica denunció en el caso del Amazonas en Brasil.
Estas situaciones se enmarcan dentro del concepto llamado cambio indirecto en el uso del suelo (ILUC, por sus siglas en inglés), que contribuye a agravar el cambio climático, porque reduce los sumideros de carbono, que son áreas naturales que absorben este tipo de gas de efecto invernadero y almacenan el carbono que contiene, como los bosques.
Por ello, la Unión Europea está en proceso de dejar de considerar los biocombustibles de primera generación como una alternativa de descarbonización. Sin embargo, más de una cuarta parte de los que se consumen en España en el sector del transporte todavía provienen de cultivos, según un informe de Ecodes, la Fundación Ecología y Desarrollo, una organización ecologista sin ánimo de lucro.
La importancia del origen en los biocombustibles es tan grande, que constituye una manera de clasificarlos en cuatro categorías, desde la primera a la cuarta generación: los que provienen de cultivos comestibles, de residuos, de biomasa acuática (como algas), y los sintéticos, en este orden. Sin embargo, algunos expertos y fuentes no consideran estos últimos biocombustibles, porque no tienen un origen puramente biológico, sino sintético.
La UE apuesta, por ahora, por los biocombustibles de segunda generación, que utilizan como materia prima residuos, como los restos de vegetación o el aceite de cocina usado. Por ello fomentan un uso más eficiente y la industria los encaja dentro de la economía circular, aunque esto depende de cómo se gestionen. Hoy por hoy son más caros de producir que los de primera generación, como explica Guilera, el investigador del IREC, que añade que si no se prohíbe “una competencia directa, los de primera [generación] podrían ir ganando terreno”.
Ahora mismo, en España, la mayor parte de biocarburantes se producen en tierras estatales, pero muchas de las materias primas utilizadas provienen de importaciones de países no europeos, de acuerdo con datos del Ministerio para la Transición Ecológica. La situación no es exclusiva de tierras españolas, sino que se extiende al conjunto de la Unión Europea. Este hecho hace difícil trazar el camino hasta el origen de las materias primas y, especialmente en el caso del aprovechamiento de residuos, complica garantizar que un biocarburante cumple con los estándares de sostenibilidad exigidos, apunta Ecodes en su informe. Una investigación de la ONG Transport & Environment (T&E) encontró que buena parte del aceite de cocina usado que se emplea en la producción de biocombustibles en la UE procede de Asia, y en diciembre de 2024 denunció un fraude por el uso de aceite de palma virgen vendido como usado.
Dos ideas con más de 100 años de historia
Biocombustibles y coches eléctricos no son alternativas nuevas. Hace más de un siglo, en la Exposición Universal de París de 1900 se presentó el Lohner-Porsche, un vehículo que funcionaba con un motor eléctrico. En este evento se mostró también el motor diésel funcionando con aceites vegetales, diseñado en 1892 por Rudolf Diesel, quien unos años más tarde, en 1912, en Misuri, dijo: “El uso de aceites vegetales como combustible puede parecer insignificante hoy en día, pero con el tiempo podrían volverse tan importantes como el petróleo y los productos derivados del alquitrán en la actualidad”.
Este futuro todavía no ha llegado. El bajo coste del petróleo y los problemas técnicos del momento hicieron que fuera un camino de difícil exploración. Ahora, con la necesidad de combatir el cambio climático, estas ideas centenarias han vuelto al debate.
Ventajas y limitaciones
La parte positiva de los biocombustibles es que se pueden utilizar con el parque de vehículos y la red de gasolineras existente. No se tienen que hacer grandes cambios porque, en general, son productos compatibles tanto con los motores como con las instalaciones actuales. La electrificación del parque de vehículos europeo, en cambio, requiere una inversión tanto de infraestructuras como para los conductores y depende de unas baterías con una huella ambiental importante. Es decir, tampoco tienen un impacto cero. Hay que tener en cuenta el extractivismo derivado de la fabricación del vehículo eléctrico, que en el futuro podría suponer un gran problema, apunta Berta Roset Pérez, doctoranda del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), especializada en el impacto social del biogás y la transición energética.
Otra de las modificaciones necesarias son las adaptaciones de la red de carreteras. De hecho, la UE cuenta con un paquete legislativo específico para garantizar la presencia de estaciones de carga en todo el territorio. En concreto, prevé que a finales de este año en las carreteras principales haya un punto de abastecimiento eléctrico cada 60 kilómetros.
A pesar de estas ventajas comparativas, los biocombustibles tienen ciertas limitaciones, como una baja capacidad de producción. El informe de Ecodes cifra en más de 57 millones las toneladas de combustibles fósiles consumidas en España en 2023, mientras que “los mayores proyectos [de biocombustibles] en España […] estiman hasta 3.850.000 toneladas anuales [menos de 4 millones] de producción de biocombustibles”. Con estas cifras, la oferta española de biocombustibles supone solo un 7% de la demanda.
La Agencia Internacional de la Energía (IEA por sus siglas en inglés), de hecho, prevé en un informe de 2024 una desaceleración de la bioenergía global hasta 2030, fruto de “la falta de apoyo en políticas públicas”. El Tribunal de Cuentas Europeo, en una auditoría sobre el apoyo de la UE a los biocarburantes, parecía coincidir con este argumento. Afirmaba que “la política de biocarburantes de la UE no tiene estabilidad” y que es necesario “un planteamiento estratégico a largo plazo” más claro. Añadía también que “los problemas de sostenibilidad, junto con la disponibilidad y el coste de la biomasa, limitan el despliegue de los biocarburantes”.
Roset Pérez, del ICTA-UAB, aprueba alguno de estos planteamientos. «El potencial de creación de biogás no es suficiente para el consumo actual», asegura. Su apuesta pasa por el decrecimiento, que en el sector de la automoción se traduce en “reducir el transporte por carretera y fomentar el transporte público”.
Biocombustibles, electricidad y transporte rodado
Hoy por hoy, sin embargo, la tendencia es la opuesta. Cada vez hay más coches en la Unión Europea, y el escenario se traslada a prácticamente todos los estados miembros, según datos de Eurostat.
La edad media de la flota es de 12,3 años, según la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles (ACEA por sus siglas en francés), aunque el dato varía sustancialmente entre países: la mayoría de los que limitan con Rusia tienen coches con una edad media de unos 15 años. Grecia es el caso más extremo, con una flota de más de 17 años de antigüedad, de media. En cambio, en los países que están en el otro extremo (geográfico y económico), como Austria, Bélgica, Dinamarca o Irlanda, no se llega a los diez años.
En este parque de coches creciente, los combustibles fósiles continúan dominando el mercado. Apenas el 2% de los que están en circulación en la UE son eléctricos, aunque su presencia va en aumento, según datos del Observatorio Europeo de Combustibles Alternativos.
De los más de 10 millones de nuevos vehículos registrados en 2024, un millón y medio (el 13%) fueron completamente eléctricos. Prácticamente el resto usan fundamentalmente gasolina o diésel, sea en motores de combustión o híbridos.
El escenario es un poco más extremo en el caso de las furgonetas. La cuota de eléctricas en circulación apenas supera el 1% y supusieron el 5% de las nuevas matriculaciones en 2024.
Qué pasa con los biocombustibles? Su uso no se puede determinar a partir del tipo de motor del vehículo, porque se usan en vehículos de combustión. El bioetanol, por ejemplo, se puede mezclar con la gasolina, y el biodiésel con el diésel convencional. De hecho, cientos de gasolineras españolas incluyen hoy una mezcla de combustible tradicional con el de origen biológico.
Los 27 implementaron normativas para fomentar el uso de este tipo de productos ya en 2009. En concreto, establecieron que, del total de combustibles consumidos en 2020 por cada estado miembro, como mínimo un 10% debían ser biocarburantes. Aunque este objetivo solo era vinculante “siempre que la producción sea sostenible, los biocarburantes de segunda generación estén disponibles comercialmente y la Directiva 98/70/CE del Parlamento Europeo y del Consejo […] relativa a la calidad de la gasolina y el gasóleo se modifique en consecuencia para permitir niveles de mezcla adecuados”.
En 2023, el 6,7% de la energía usada en el transporte por carretera en la Unión Europea fue provista por biocombustibles, según los datos más actuales de Eurostat. El nivel se ha mantenido estable alrededor del 6,5% desde 2020.
Suecia llevaba en 2023 la batuta en la UE (el 25,9% de la energía que el país consume en el transporte por carretera venía de fuentes renovables), seguida de Finlandia (15,7%) y Bélgica (9,5%). España (6,7%) se situaba al mismo nivel que la media de la UE, mientras Letonia (1,1%), Croacia y Grecia (0% ambas) se encontraban en el otro extremo.
Cronología de una negociación
Además de las presiones de la industria del automóvil, la norma que prohibirá en 2035 vender coches y furgonetas que generen emisiones lleva años lidiando con la oposición de algunos países europeos. En 2022, Italia, Portugal, Eslovaquia, Bulgaria y Rumanía pidieron retrasar la prohibición a 2040, según informó en aquel momento la agencia de noticias Reuters. Al año siguiente, cuando la normativa parecía cerrada y contaba con el visto bueno del Europarlamento, la Comisión y el Consejo de Europa, la votación entre los embajadores de los 27 tuvo que posponerse ante las amenazas de que no saliera adelante, tal como reportó Euronews.
Alemania, el gigante de la automoción en Europa, lideraba entonces un grupo de países contrarios a la normativa de la prohibición para 2035, en el que también figuraban Italia, Bulgaria y Polonia, y que con su oposición o abstención conjunta habrían tenido la capacidad de detener la legislación, ya que para conseguir la aprobación del Consejo cualquier medida debe contar con el voto a favor mínimo del 55% de los países y del 65% de la población europea. Estos tres últimos países destacan, según la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles (ACEA por sus siglas en francés), por tener unos de los niveles más elevados de emisiones en vehículos nuevos.
Finalmente, Alemania consiguió añadir a última hora los e-fuels como excepción autorizada a los nuevos vehículos registrados más allá de 2035, y acabó votando a favor del reglamento. Estos combustibles sintéticos todavía no se producen a gran escala y tienen un coste elevado. La ONG Transporte y Medio Ambiente considera que su presencia será testimonial en el parque automovilístico europeo para 2035.
En la votación final, el único país que llegó hasta las últimas consecuencias fue Polonia, que votó en contra de la medida. Italia, Bulgaria y Rumanía se abstuvieron.
Los motivos para oponerse a la regulación no eran los mismos en cada uno de los países de este bloque. Bulgaria, por ejemplo, se mostraba reticente a prohibir completamente los combustibles tradicionales por el elevado coste de los vehículos eléctricos. Según el Observatorio Europeo de Movilidad Urbana, en 2022 la capacidad económica era “una de las principales razones de la baja adopción de vehículos eléctricos” en el país. «Los precios medios de los vehículos eléctricos son más altos que los de los vehículos con combustibles convencionales y el ingreso medio de los hogares en Bulgaria se encuentra entre los más bajos de la UE», subrayaba el Observatorio. Rumanía alegaba razones similares.
Otro de los puntos de discordia fueron los biocombustibles, que de manera similar a los e-fuels, fueron promovidos por algunos grupos como alternativa sostenible al petróleo con el argumento de que también pueden ser una solución para alcanzar el objetivo de la neutralidad de carbono. Las presiones, en este caso, no dieron fruto, y los biocombustibles no acabaron incluyéndose como una excepción a la normativa, aunque sí que se promueven desde la UE mediante otras normativas.
Italia hace tiempo que apuesta con fuerza por este sector. En una declaración previa a la aprobación de la normativa, pidió incluir entre las excepciones los “combustibles renovables”, un concepto que engloba los biocombustibles, el hidrógeno verde y los ya mencionados e-fuels, según la Agencia Internacional de la Energía (IEA).
Polonia (cuya ministra del Clima, Anna Moskwa, afirmó que llevarían la prohibición de 2035 y otras medidas al Tribunal de Justicia de la Unión Europea, como recoge la agencia de noticias Reuters), y Finlandia (que pidió incluir específicamente el biometano como excepción) trasladaron mensajes similares. Junto con Italia, los tres países citaron el impacto económico de los vehículos eléctricos en la ciudadanía y la dificultad de la adaptación tecnológica de la UE para apoyar sus posiciones.
En la conceptualización y ejecución de este informe han colaborado los siguientes investigadores:
- Berta Roset Pérez, doctoranda del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), especializada en el impacto social del biogás y la transición energética
- Andreu Escrivà, experto en divulgación sobre cambio climático y doctor en biodiversidad
- Jordi Guilera, investigador de combustibles sostenibles en el Instituto de Investigación en Energía de Cataluña (IREC) y profesor en la Universidad de Barcelona (UB)
- José Ramón Galán-Mascarós, investigador ICREA del Instituto Catalán de Investigación Química (ICIQ) que estudia aplicaciones futuras de materiales inorgánicos para las energías renovables
- Mario Giampietro, antiguo investigador ICREA en el ICTA-UAB y especialista en la economía de los sistemas alimentarios
Esta investigación ha sido financiada por la European Climate Foundation en colaboración con la European Fact-Checking and Standards Network (EFCSN).
Narrativas
Verificat ha revisado la comunicación de diversas iniciativas de presión política para la promoción de los biocombustibles tanto en el ámbito continental como español, como Tour d’Europe y la Plataforma para los Combustibles Renovables, así como las webs de cinco de las petroleras más importantes en la UE (Shell, TotalEnergies, Eni, Repsol y Moeve, antigua Cepsa), para caracterizar sus mensajes al respecto. Se trata de las tres empresas más grandes del sector con raíces en la UE, según la lista The Global 2000 compilada por Forbes, y de las dos principales entidades españolas.
Las campañas comunicativas de estas entidades utilizan conceptos generalmente vagos y poco específicos que hacen difícil una verificación factual porque, en sentido estricto, no incluyen falsedades. Sin embargo, promueven un firme optimismo hacia los biocombustibles con mensajes que destacan esencialmente sus aspectos positivos, pero que obvian en buena medida sus limitaciones y controversias. Las cuatro narrativas principales que utilizan también están presentes en las redes sociales, según revela el análisis de los mensajes al respecto presentes en X (antes Twitter), donde contribuyen a la idealización de estos productos. Algunas cuentas van un paso más allá y promueven los biocombustibles como una alternativa real, actual y más sostenible a la electrificación para la descarbonización del transporte por carretera. En algunas ocasiones, emplean desinformaciones ya verificadas para justificar sus afirmaciones.
El sentimiento hacia este tipo de carburantes está altamente polarizado en X, y evidencia desconocimiento de la población en la materia. Con los mensajes idealizadores se mezclan otros que demonizan su impacto ambiental y social, cayendo en una generalización imprecisa que considera que todos los biocombustibles son de primera generación, es decir, hechos a partir de cultivos alimentarios.Ddar
Los mensajes más optimistas también se cuelan en la política europea, mediante los países defensores de esta supuesta alternativa para conseguir la descarbonización.
El mensaje cambia según la fuente
Al revisar las palabras que más usan tanto las iniciativas de presión como las empresas en sus webs al hablar de biocombustibles, es posible reconstruir un mensaje compartido: que estos carburantes son una fuente de energía renovable, que reduce las emisiones y potencia un sistema circular a dos niveles (el mismo ciclo de vida de los biocombustibles y el tipo de economía que promueven), poniendo en el centro la reutilización de residuos como materia prima (es decir, se enfocan en la explotación de biocarburantes de segunda generación).
En la red social X, por su parte, la conversación sobre los biocombustibles es escasa. Los verificadores de la European Fact-Checking and Standards Network (EFCSN) no han analizado ninguna información relacionada con el tema desde principios de año, según las publicaciones recopiladas en el repositorio EuroClimateCheck, del cual Verificat forma parte. Para hacer este informe, hemos analizado 170 mensajes en castellano que incluían explícitamente el término “biocombustibles” los primeros siete meses de 2025.
En líneas generales, estas publicaciones utilizan términos similares a los de las empresas petroleras, pero añadiendo distorsión y, a menudo, desconocimiento. El principal punto en común es el marco general: se presentan como combustibles que contribuyen a reducir las emisiones y que están directamente relacionados con las energías renovables.
La polarización es palpable si se analiza el sentimiento de estos mensajes. En algunos casos predomina la narrativa idealista que muestra estos carburantes como una alternativa a la electrificación de la movilidad terrestre, actual y viable. Además, a veces argumentan que los vehículos eléctricos son una opción más contaminante que los combustibles fósiles y aseguran que son peligrosos, porque se incendian con facilidad, ambos argumentos engañosos que ya han sido desmentidos por Verificat y otros miembros de la EFCSN, como Ostro o Maldita. También hemos encontrado ejemplos tecnooptimistas, que defienden la idea de que cualquier hallazgo científico sobre una nueva manera de obtener biocarburantes se puede traducir en una opción viable, escalable y aplicable actualmente.
En el otro extremo aparecen las publicaciones que destacan los problemas derivados de los biocombustibles de primera generación, como el potencial de deforestación o de encarecimiento de los precios de los alimentos, y los generalizan aplicándolos al conjunto de estos carburantes alternativos. Es decir, muchos de los perfiles analizados entienden que todos los biocarburantes usan alimentos como materia prima.
También en el ámbito político hemos observado, a veces, el uso de una terminología similar a la de la comunicación digital de las empresas. Es el caso de Italia, que preside una iniciativa internacional para impulsar estos productos, y del PP Europeo que considera que “juegan un papel en la reducción de emisiones de CO2” del transporte. En España, tanto instancias políticas, como el Ministerio para la Transición Ecológica, como dirigentes de partidos como el PP, también los han apoyado, en actos conjuntos con las grandes petroleras.
Estas son las principales narrativas, verificadas:
Los biocarburantes son un combustible renovable y sostenible
Una característica común de las comunicaciones de la industria petrolera sobre los biocombustibles es que suelen ir acompañadas de palabras como “renovable” o “sostenible”. Se trata de adjetivos que también utilizan organismos públicos como la Comisión Europea, o la Asociación Internacional de la Energía (IEA), y actores políticos italianos y españoles. De hecho, consultado por Verificat, el gabinete de prensa de Repsol apunta a la Directiva de Energías Renovables (RED) para justificar la etiqueta “de energía renovable”, porque la directiva la define como aquella que proviene de diversas fuentes, entre ellas la “biomasa, gases de vertedero, gases de plantas de depuración y biogás”. Son expresiones que, sin embargo, hay que contextualizar, porque ajustarse a ellas requiere condiciones técnicas muy específicas.
Las energías renovables, según las Naciones Unidas, derivan “de fuentes naturales que llegan a referirse más rápido de lo que se pueden consumir”. La organización cita como ejemplos el sol, el viento y la bioenergía, aunque matiza que esta última “debe aplicarse únicamente en ciertas situaciones, ya que sus impactos potencialmente negativos para el medio ambiente se relacionan con un aumento a gran escala en las plantaciones de bioenergía y bosques, lo cual genera deforestación y un cambio en el uso de las áreas de tierra”.
Es en este matiz donde ponen el foco los investigadores entrevistados por Verificat, que avisan de que poder considerar los biocombustibles como renovables depende de la cantidad y el ritmo a que se consumen. A diferencia del viento o la luz del sol, la biomasa (la materia prima que da lugar a estos carburantes) es finita: producir mucho biocombustible de primera generación puede fomentar la deforestación, según un estudio del Centro Internacional de Investigación Forestal (CIFOR), y los residuos para producir los de segunda son limitados.
En esta línea, hay iniciativas como la de Repsol, que ofrece a los clientes de diferentes comunidades autónomas de España bonificaciones en el repostaje si entregan aceite de cocina usado en los puntos de recogida puestos a disposición en sus gasolineras para poder reciclarlo. La ONG Transport & Environment, sin embargo, aseguraba en un informe de 2024 que los países europeos consumieron en 2023 ocho veces más aceite de cocina usado para hacer biodiésel que su máximo potencial de recogida, de modo que las importaciones fueron imprescindibles. Tanto la IEA como el Tribunal de Cuentas Europeo apuntaban en sendos informes que buena parte de esta materia prima utilizada en Europa proviene de Asia, y especialmente de China.
“La palabra renovable no debería hacer mención únicamente a si el recurso vuelve a estar disponible en un periodo de tiempo, sino a qué coste” ambiental, apunta el divulgador climático y doctor en biodiversidad Andreu Escrivà.
El experto también es crítico con el concepto “sostenible”, que considera vacío de significado en su libro Contra la sostenibilidad. La RAE lo define como aquello “que se puede mantener durante mucho tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al medio ambiente”. Este concepto, ampliado a “desarrollo sostenible” fue definido en 1987, según la Unión Europea, y hace referencia a “un desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. Igual que ocurre con el concepto de renovable, en el caso de los biocombustibles esta condición solo se cumple si el ritmo de extracción y producción respeta los ritmos naturales de regeneración de la biomasa. Si no, los recursos se agotarán.
El uso de la terminología desde las esferas políticas
Actualmente, Italia es uno de los principales países de la UE que apuestan por los biocombustibles. Es el segundo mayor importador de este producto en la Eurozona y el cuarto productor. Este impulso también va acompañado de una estrategia política que se traduce en diversas acciones. Una de las más destacadas es su función en la presidencia, hasta 2027, de la Iniciativa de la Plataforma Biofuture (BfPI, por sus siglas en inglés) del foro mundial Clean Energy Ministerial (CEM), un punto de encuentro para acelerar el desarrollo e implementación de combustibles de base biológica a escala global.
En el comunicado oficial donde se anunciaba esta nueva presidencia, Gilberto Pichetto Fratin, ministro italiano de Medio Ambiente y Seguridad Energética, aseguraba que “nos encontramos en un momento único para promover políticas e iniciativas que fomenten aún más el uso de biocombustibles sostenibles” y los describía como una solución para todos los sectores, incluidos “el del transporte, también por carretera”, con el fin de “promover una transición energética segura y sostenible mediante un enfoque concreto y no ideológico”.
En España, la exministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera, dejaba claro el apoyo a los biocombustibles usando términos similares en una comparecencia ante los medios que tenía lugar en 2024 en Palos de la Frontera (Andalucía), durante el acto de colocación de la primera piedra de un proyecto conjunto entre Moeve (antigua Cepsa) y Bioils. Allí, la exministra aseguraba que los biocombustibles serán clave en la descarbonización de sectores como el transporte marítimo y la aviación. En este mismo acto, Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente de la Junta de Andalucía por el PP, añadía que Andalucía estaba a punto para convertirse «en gran productora y distribuidora de energías limpias del continente» y destacaba que la nueva planta que se empezaba a construir suponía «un ejemplo claro y muy valioso de lo que es la economía circular».
Los biocombustibles son combustibles limpios, no contaminan o contaminan muy poco
Otra de las narrativas principales consiste en definir los biocombustibles como productos que no emiten CO₂ (o lo hacen en una cantidad muy limitada), por lo que se consideran “neutros en carbono” o “energías limpias”, si cumplen con las directivas europeas. Esta promesa aparece tanto en las iniciativas Tour d’Europe y la Plataforma para los Combustibles Renovables, como en la mayoría de las webs de las cinco grandes petroleras analizadas. Desde el gabinete de prensa de TotalEnergies detallan que los biocombustibles emiten, a lo largo del ciclo de vida, menos de la mitad de CO₂ que sus equivalentes fósiles, y esto, según ellos, los convierte en una vía parcial de descarbonización para los combustibles líquidos.
Repsol, por su parte, asegura en la web que uno de los puntos fuertes de este producto es que reducen emisiones porque “el CO₂ que se libera en su uso es igual al CO₂ que absorbe la materia orgánica de la que procede durante su vida útil”. Moeve los describe como “la solución actual para descarbonizar el transporte” y desde su gabinete de prensa añaden que lo afirman porque comparados con los combustibles fósiles, el uso de biocombustibles permite reducir hasta un 90% las emisiones netas de CO₂ a lo largo de todo el ciclo de vida, basándose en la metodología marcada por la Directiva de Energías Renovables de la Unión Europea. Shell los considera clave en la transición “hacia las cero emisiones netas” y en su informe de estrategia para la transición energética para 2024 los engloba dentro de los “productos bajos en carbono”.
La idea la defiende también el PP Europeo en su propuesta para “asegurar la competitividad de la industria automovilística europea”, donde pide excepciones para los biocombustibles y otros carburantes alternativos en la prohibición de la venta de motores de combustión para 2035. Es una propuesta que secunda la Asociación Alemana de la Industria Automotriz que, en un comunicado, pedía dar más peso a los “combustibles renovables” “considerando su impacto medio en la reducción de CO₂”. Polonia y República Checa secundan la revisión de la ley, según Reuters y Politico, pero no hemos encontrado comunicaciones específicas recientes sobre los biocombustibles.
El eurodiputado polaco Dariusz Joński citó los retos tanto económicos como de infraestructura para pedir una relajación de la prohibición. Según él, la electrificación de la flota europea no es un plan realista, tal como informa la prensa local (1, 2, 3) que Demagog, una agencia de fact-checking polaca miembro de EFCSN, ha hecho llegar a Verificat. Sus argumentos son similares a los defendidos por la Asociación Polaca de Automoción.
Es cierto que los biocarburantes pueden llegar a emitir mucho menos CO₂ que los combustibles fósiles, pero en ningún caso se trata de un producto de cero emisiones. Al quemar este tipo de carburante, los vehículos envían a la atmósfera una cantidad de dióxido de carbono similar a la que la materia orgánica de la que provienen ha almacenado durante su crecimiento. Es decir, sobre el papel, el balance es nulo: se emite tanto CO2 como el que se captura. Ahora bien, establecer esta comparación es quedarse en la superficie, porque los biocombustibles emiten gases de efecto invernadero incluso antes de ser quemados.
El Portal del Clima del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y los expertos consultados por Verificat apuntan que, al medir las emisiones de estos carburantes, es crucial incluir las asociadas a su producción, transporte y procesamiento, entre otros. Es decir, que hay que analizar todo el ciclo de vida. Esto “incluye las emisiones de la maquinaria agraria para recogerlas [las materias primas], la gasolina quemada para llevarlas a la instalación de procesamiento y, en algunos casos, incluso los combustibles fósiles quemados para que esta planta funcione”, enumera el MIT.
Teniendo en cuenta todos estos factores, en el mejor de los casos, los biocombustibles pueden reducir las emisiones hasta “un 80-85%” en comparación con los carburantes tradicionales, cifra Jordi Guilera, del IREC, en conversación con Verificat. Esta reducción es menor en el caso de los biocombustibles de primera generación y mayor en los de segunda, y varía mucho en función de la materia prima usada y del estudio que la evalúe, tal como reflejan diversas revisiones sistemáticas (1, 2). No hay consenso en una cifra concreta, y cuando hay deforestación y cambios en el uso del suelo, las emisiones pueden ser incluso más elevadas que en el caso del petróleo. En definitiva, establecer de manera general que los biocombustibles reducen las emisiones en comparación con los combustibles fósiles no es preciso, porque depende de su origen y de cómo se hayan producido.
¿Es suficiente para considerarlos un “combustible limpio”, o para decir que producen “energía limpia”? El Foro Internacional de la Energía la define como “energía hecha sin dañar el medio ambiente”, mientras que el MIT habla de fuentes de energía que no producen gases de efecto invernadero. La institución universitaria incluye aquí los biocombustibles solo “bajo algunas circunstancias”, y artículos periodísticos como este de Associated Press consideran que, para serlo, deben estar hechos de “restos o vegetación no comestible, producidos con energía renovable y que prácticamente no emitan gases de efecto invernadero”.
El término tiene otro significado para la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el marco del hogar. La entidad considera combustibles limpios “aquellos que alcanzan los niveles de material particulado fino (PM2,5) y monóxido de carbono (CO) recomendados en las directrices mundiales de la OMS sobre calidad del aire (2021)” en la calefacción, la cocina y la iluminación. En términos generales, son combustibles que no emiten contaminantes.
Sin embargo, los biocombustibles producen contaminación a nivel local, de manera similar a como lo hacen los convencionales, apunta José Ramón Galán-Mascarós, investigador ICREA del Instituto Catalán de Investigación Química (ICIQ), que investiga las aplicaciones de materiales inorgánicos para las energías renovables. Si se queman grandes cantidades de biocombustible en un área determinada, por ejemplo, una ciudad, la contaminación aumentará significativamente, aunque a escala global se acabe obteniendo un balance, razona. “Atmosféricamente, no tiene impacto, pero en la ciudad sí”, afirma.
Es algo que ilustra una revisión de la evidencia disponible llevada a cabo por el Grupo Experto en Calidad del Aire del Reino Unido, que evaluó si el uso de biocombustibles reducía la contaminación a nivel local. El estudio concluyó que mezclarlos hasta un 15% con gasolina o diésel tiene pequeños efectos en la calidad del aire: es decir, que la quema de biocombustibles sigue emitiendo contaminantes como los óxidos de nitrógeno (NOx), el óxido de carbono o el material particulado (PM), entre otros, que los carburantes tradicionales también perjudiciales para la salud.
Todavía se usan biocombustibles de primera generación
Muchos mensajes en las redes sociales confunden los biocombustibles en general con los de primera generación. La UE, sin embargo, apuesta por los biocombustibles de segunda generación y los sintéticos, y aboga por dejar atrás los basados en cultivos alimentarios. Incluso algunas de las grandes petroleras también lo incluyen en su comunicación. Desde el gabinete de prensa de TotalEnergies afirman en un correo a Verificat que para la producción de sus biocombustibles excluyen la biomasa de primera generación, la que compite con el consumo de alimentos. Shell, por su parte, asegura en su web que entre sus principios empresariales está trabajar para que el suministro no implique deforestación. También afirma que “procura” no proveerse de componentes renovables o materias primas asociadas a violaciones de derechos humanos.
Más allá de estas comunicaciones, sin embargo, solo el 40% del biocarburante usado en la Unión Europea en 2022 provenía del aprovechamiento de residuos, según un análisis de la IEA. Es decir, que la mayor parte de las materias primas usadas continúan proviniendo de cultivos.
El caso de España refleja esta realidad. Los datos del Ministerio para la Transición Ecológica muestran que nueve de cada diez litros vendidos de bioetanol provienen del maíz y el resto, prácticamente, de la caña de azúcar, mientras que la mitad del hidrobiodiésel consumido usa aceite extraído de la palma. Se trata de una materia prima que ya está regulada por la UE para reducir su impacto en la deforestación.
Incluso entre los biocombustibles de segunda generación, como el aclamado aceite de cocina usado, se cuela aceite de palma virgen, como demostró la ONG ambientalista Transport & Environment al destapar un fraude en el producto importado de países asiáticos, en tendencia creciente en la UE. El Tribunal de Cuentas Europeo admite que para el producto «hay un riesgo demostrado de fraude» porque «es difícil confirmar que el aceite usado de cocina de importación, dadas sus características, es un producto residual». En el caso del biodiésel comercializado en España, tres de cada cuatro kilos de materias primas provienen de Indonesia, China o Malasia, y casi un 40% se produce a base de aceite de cocina usado.
El Parlamento Europeo ya avisaba de esta realidad en un informe sobre la relación entre el aceite de palma y la deforestación de las selvas tropicales en 2017. El documento sostenía que el sector energético había sido el responsable del 60% de las importaciones de aceite de palma a la UE en 2014 y que el 46% “se destinó a combustible para el transporte”. También estimaba que para 2020 se habrían convertido un millón de hectáreas para producir aceite de palma para biodiésel a escala global, “0,57 millones de las cuales habrán sido previamente bosques primarios del sudeste asiático”.
La Federación de Consumidores y Usuarios (CECU), Ecologistas en Acción y Greenpeace España denunciaron el pasado mes de febrero a Repsol ante la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia. Acusaban a la empresa de ocultar información «en la comunicación pública y en la publicidad» sobre «la deforestación y otros impactos ambientales y sociales provocados por la producción del aceite de palma que ha utilizado para la fabricación de sus biocombustibles (biodiésel)». Desde el gabinete de prensa de la petrolera afirman que Repsol prioriza el origen nacional y europeo de la materia prima empleada y recurre a la importación en caso necesario, garantizando la trazabilidad y la sostenibilidad de todos los lotes hasta el origen. Según esta empresa, la materia prima que se utiliza está regulada por la normativa, supervisada y certificada.
Los biocombustibles promueven la economía circular local
Otra de las narrativas comunes entre iniciativas de presión y empresas petroleras es la que define los biocombustibles como una gran oportunidad para reducir la dependencia energética, promoviendo la producción local y sustituyendo la materia prima extranjera. La idea de la independencia energética también se replica en las instituciones europeas y estatales, especialmente desde la invasión de Rusia a Ucrania, con el lanzamiento de planes como REPowerEU, que pretendía “eliminar progresivamente las importaciones de combustibles fósiles rusos”, actualmente congeladas por las sanciones.
No obstante, los datos del Ministerio para la Transición Ecológica ilustran cómo, a pesar de que la mayoría de biocombustibles usados en España se producen en el país o en los vecinos europeos, buena parte de las materias primas para fabricarlos provienen de fuera de la UE, especialmente de Asia. Un informe de la IEA apunta que el caso es similar en Alemania y los Países Bajos: se trata de países que exportan más biodiésel del que importan, pero que usan para producirlo materias primas procedentes de China. De hecho, la UE ha aplicado aranceles a las importaciones chinas de biodiésel con el objetivo de evitar dumping o competencia desleal.
En el caso del bioetanol, apunta la IEA, el origen de las materias primas suele ser el maíz norteamericano.
Por su parte, el Tribunal de Cuentas Europeo concluye en su análisis de las políticas europeas sobre biocarburantes que “la dependencia de las importaciones de materias primas ha aumentado por la mayor demanda de biomasa a lo largo de los años”, y reprocha a la UE que “los objetivos para los combustibles renovables se establecen sin tener en cuenta la biomasa disponible procedente de fuentes sostenibles”.
Frenar la despoblación de la España rural
En el caso de España, la industria del petróleo propone los biocombustibles como herramienta en la lucha contra la despoblación de las zonas rurales porque, aseguran, contribuye a la dinamización económica del territorio. Hay ejemplos tanto para Repsol como para Moeve. El gabinete de prensa de esta última empresa asegura que apuestan por que estas iniciativas tengan un impacto económico real en las comunidades rurales donde están planificando su despliegue, favoreciendo el desarrollo de estas zonas e intentando garantizar que los beneficios se queden en el territorio.
Esto se potencia también desde un marco normativo, tanto europeo como nacional, según recoge la Hoja de Ruta del Biogás, del Gobierno español, que establece objetivos mínimos de producción, acompañados de acciones para impulsar la inversión. Este documento especifica que el biogás “contribuye a evitar la despoblación rural, creando valor económico y empleo y planteando sinergias con las necesidades de reactivación económica de las zonas en proceso de transición justa”.
Sin embargo, la instalación de macroplantas de este tipo de combustible, que se usa en la producción de energía y calor, y como carburante, ha suscitado rechazo en algunos sectores de la España rural y ha generado protestas en diversas zonas, tal y como recoge la agencia de noticias EFE. La ONG Ecologistas en Acción de Valladolid explicaba en un comunicado que las plantas podrían contribuir a una mejor gestión de los residuos ganaderos y podrían tener “justificación y cabida” en Castilla y León, pero deben ser “objeto de una regulación adecuada y específica que actualmente no existe”.
La Plataforma Stop Industrial Ganadería, que incluye más de 90 movimientos vecinales en toda España entre los que también se incluyen algunas iniciativas contrarias a los biocombustibles, reivindica que la población local no se está beneficiando de estos grandes proyectos. Es una queja que se repite entre movimientos porque, según explica Berta Roset Pérez, doctoranda del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona (ICTA-UAB), especializada en el impacto social del biogás y la transición energética, la población local se lleva los efectos negativos (malos olores, ruido u ocupación del territorio), mientras que los beneficios se redistribuyen en todo el país.
Los biocombustibles son una solución actual, escalable y barata
Otro de los mensajes principales afirma que estos combustibles son una solución real y viable que ya se puede aplicar actualmente. Una solución que requiere, además, poca inversión en nueva infraestructura, porque los motores de los vehículos ya son aptos y porque se pueden adquirir biocombustibles en las gasolineras ya existentes. La italiana Eni, por ejemplo, afirma en su web que los biocombustibles “pueden utilizarse en el transporte para sustituir parcial o totalmente los combustibles fósiles tradicionales”.
Los biocombustibles ya han contribuido a reducir la intensidad de emisiones de efecto invernadero de la Unión Europea, según un análisis de la Agencia Europea del Medio Ambiente: concretamente, un 5,6% entre 2010 y 2022 (y un 4% si tenemos en cuenta las emisiones generadas por los cambios de uso del suelo). De hecho, en estos momentos contribuyen más que la electricidad al sector del transporte, tanto a escala europea como estatal.
Sin embargo, el transporte es el único sector que sigue aumentando sus emisiones globales en Europa en la última década y el uso de los biocombustibles todavía es muy marginal. Se ha estabilizado alrededor del 6,5% desde 2020, según los datos recogidos por Eurostat hasta 2022. Aumentar esta cifra es un reto limitado por la complicada escalabilidad del sector, según concluye el ya mencionado informe del Tribunal de Cuentas Europeo: “Los problemas de sostenibilidad, junto con la disponibilidad y el coste de la biomasa, limitan el despliegue de los biocarburantes”.
Según la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (CORES), organismo público que garantiza la seguridad de suministro energético en España, en 2023 se consumieron más de 57 millones de litros de petróleo en el país, mientras que ese año “los mayores proyectos [de biocombustibles] en España […] estiman hasta 3.850.000 toneladas anuales de producción de biocombustibles”, según un informe Ecodes. Cruzando ambas cifras, la oferta estatal supondría apenas un 7% de la demanda. Con datos de 2024, CORES apunta que los biocombustibles supusieron un 3,65% de las gasolinas y un 7,99% de los gasóleos consumidos.
José Ramón Galán-Mascarós, investigador ICREA del ICIQ, apunta a la dificultad para hacer la tecnología económicamente viable, especialmente si se compara con la gasolina y el diésel, que han sido históricamente sostenidas por grandes infraestructuras y empujadas económicamente por parte de los organismos públicos y privados. En el caso de los biocombustibles, “cuando te pones a escalar las tecnologías tienes un problema, porque los fondos públicos dicen que esto lo tienen que hacer los fondos privados, y los privados dicen que no ven claro si perderán dinero o no”, concluye.
Desde el gabinete de prensa de TotalEnergies afirman a Verificat que el acceso a las materias primas (plantas, residuos o azúcar, entre otros) continúa siendo una barrera para el crecimiento del sector. Shell remite a sus estadísticas internas, que demuestran que la demanda en el sector de carretera para transporte de pasajeros es todavía muy reducida.
Narrativas tecnooptimistas
Muchos mensajes en redes sociales se hacen eco de hallazgos científicos que consiguen producir biocarburantes a partir de sustancias nuevas y prometedoras como las algas, la cáscara del coco, los huesos de oliva, o el café, por ejemplo, y los presentan como una opción escalable de manera inmediata que resuelve el problema de la movilidad. Es una idea engañosa porque, a pesar de que el proceso se ha demostrado técnicamente posible, la producción masiva todavía no es una opción real.
La eterna promesa de que la tecnología resolverá la crisis climática se conoce como tecnooptimismo. Se trata de una técnica de desinformación incluida en un “nuevo negacionismo” llamado retardismo climático que, tal como explicamos en Verificat, acepta la existencia del cambio climático y la causa humana detrás de él, pero obstaculiza y retrasa las medidas efectivas para hacerle frente. Los mensajes de redes, por ejemplo, obvian el hecho de que un hallazgo científico no se traduce de manera inmediata en un proyecto escalable a nivel internacional.
Por ello, algunos de los expertos entrevistados por Verificat argumentan que las alternativas que se proponen, a veces, más que opciones reales, son herramientas de procrastinación que pueden “vender la ilusión de que ciertos productos estarán en el mercado”, dice Jordi Guilera, investigador del IREC, pero “el horizonte temporal es tan largo y se requieren tantos cambios, que lo que se está haciendo es ganar tiempo”, añade.
Mario Giampietro, antiguo investigador ICREA en el ICTA-UAB y especialista en la economía de los sistemas alimentarios, que ha dedicado parte de su carrera a estudiar el potencial de los biocombustibles, hace referencia también a lo que denomina los mitos científicos al respecto. Para él, el gran problema en el debate sobre los biocombustibles es que se trata de “una leyenda política”, porque “ni son factibles ni viables en relación con el objetivo de proveer a la sociedad un suministro limpio a gran escala de este tipo de combustibles”.
La falsa dicotomía entre electrificación y biocombustibles
En X (antes Twitter) abundan las publicaciones que presentan los biocombustibles como la alternativa por la que la UE debería apostar para descarbonizar la movilidad europea, en detrimento de los vehículos eléctricos. De hecho, muchos de estos mensajes van acompañados de narrativas desinformadoras sobre estos últimos, como que se incendian más o contaminan más que los combustibles fósiles, ideas ampliamente desmentidas por la comunidad de fact-checking europea. Estos mensajes no los encontramos replicados explícitamente en las páginas web de las empresas petroleras, sino que es una inferencia que los usuarios hacen en las redes sociales a partir de la sostenibilidad que atribuyen a los biocarburantes.
Lo que plantean los mensajes en X es una falsa dicotomía entre la electrificación de la movilidad y el uso de biocarburantes, es decir, un escenario donde solo puede imperar una de las aproximaciones. En realidad, tanto la UE como los expertos consultados por Verificat abogan por un mix energético, en el que los biocombustibles -junto con los combustibles sintéticos y otras alternativas- ayuden a reducir emisiones en sectores difíciles de descarbonizar, como la aviación, el transporte marítimo o el transporte de mercancías, mientras el parque de coches y furgonetas se electrifica.
Incluso algunas de las empresas analizadas explicitan que su apuesta no es excluyente y que los biocombustibles estarán principalmente enfocados al transporte que no se pueda electrificar. Shell, en su informe de la estrategia para la transición energética de 2024 afirma que esperan un rápido crecimiento de los vehículos eléctricos y considera “que los biocombustibles y el gas natural también tendrán un papel en la reducción de emisiones del transporte de carga pesada”.
Los investigadores, de hecho, piden dar una vuelta más a las iniciativas europeas, y no solo apostar por promover la movilidad eléctrica, sino por reducir el parque de vehículos. Si cada familia pasa de tener un coche de combustión a dos o tres eléctricos, “todo lo que ganamos en eficiencia lo perdemos en volumen”, defendía Olga Alcaraz, miembro del Instituto de Investigación Universitaria para la Ciencia y Tecnología de Sostenibilidad (CITES) en la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), en una entrevista con Verificat en 2024.
El Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), máxima autoridad científica en la materia, indica en un informe de 2022 que el coche eléctrico que emplea electricidad baja en carbono (como la solar, la eólica o la nuclear), es la tecnología que tiene más potencial para reducir las emisiones en el transporte. Sin embargo, también apuesta por cambios sistémicos como por ejemplo cambiar las ciudades para garantizar una mejor conectividad, invertir en transporte público, carriles bici y zonas peatonales, o fomentar el teletrabajo y la movilidad compartida. El informe cita los biocombustibles para el transporte rodado como una estrategia de “mitigación” a corto y medio plazo.
Esta investigación ha sido financiada por la European Climate Foundation en colaboración con la European Fact-Checking and Standards Network (EFCSN).

