La obsesión por la nutrición y el bienestar marcan la desinformación científica, potenciada por la IA

Un estudio revela los temas donde la gente percibe más desinformación, y cómo la alfabetización mediática enfocada a la verificación es clave cuando nos enfrentamos a contenidos que apelan a las emociones

Un estudio revela los temas donde la gente percibe más desinformación, y cómo la alfabetización mediática enfocada a la verificación es clave cuando nos enfrentamos a contenidos que apelan a las emociones

Man enjoying takeaway food and using smartphone (Font: freepik)
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Seis años después del estallido de la pandemia, la desinformación científica en España ha evolucionado, y el ruido sobre el covid-19 y las vacunas que recibe la población se ha reducido para dejar paso a otros temas como la nutrición y el bienestar, el cambio climàtico o tratamientos médicos. Esta es una de las conclusiones del estudio “Desinformación científica en España 2026” elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología en el marco del proyecto Iberifier.

A partir de una encuesta realizada a 2.215 personas mayores de 16 años en España, detalla cómo el contacto con la desinformación se ha convertido en habitual, y que el 51,5% de la población española se siente capaz de detectar la desinformación sobre ciencia, pero solo el 18,1% cree capaces a los demás.

La nutrición y el bienestar, donde se percibe más desinformación

Entre los temas donde se percibe más desinformación según los encuestados destaca nutrición y bienestar (40%) seguido de cambio climático (36,2%), tratamientos médicos (31,9%) y vacunas (28,3%). Comparado con la primera edición del informe en 2022, muy marcado por el contexto de la pandemia, “los bulos sobre vacunas siguen ahí, pero el tema con mayor percepción de desinformación recibida es la nutrición y el bienestar”, ha explicado una de las autoras, Celia Díaz Catalán, investigadora y profesora de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, en una reunión con periodistas organizada por Science Media Centre España.


“No hablamos tanto de grandes complots, sino de aquello que se puede percibir como informaciones que pretenden alterar las decisiones cotidianas, como qué comer”, añade. Desde Verificat, por ejemplo, hemos detectado una proliferación de perfiles generados con inteligencia artificial (IA) de falsos médicos o “influencers” que recomendaban suplementos alimentarios sin evidencia.

El uso de la IA, con desconfianza

De hecho, la IA ha sido uno de los elementos más disruptivos en lo que respecta al consumo de información científica. Según el estudio de la FECYT, un 32,3% la utiliza semanalmente para informarse sobre ciencia. Aunque la gran mayoría (el 62,4%) cree que la IA facilita la difusión de rumores y desinformación, un 33,7% confía en ella para estos temas y un 27% cree que es útil para desmentir desinformación. “Se consume lo que es accesible e inmediato, no lo que se cree más fiable”, remarca Díaz Catalán. Otros informes como el del Reuters Institute llegan a conclusiones similares.

La IA es sobre todo un canal para acceder a información científica entre los más jóvenes: el 28,8% de jóvenes entre 16 y 24 años la utilizan a diario. Se percibe una brecha generacional, ya que la cifra, en cambio, cae a la mitad para la población entre 45 y 54 años, y hasta el 7% de uso diario entre los mayores de 65.

Alta confianza en científicos, no tanta en instituciones

En cuanto a la confianza en el personal científico, el estudio detalla que alrededor del 80% de la población expresa una confianza alta en los científicos y las científicas para temas de ciencia, tecnología y medio ambiente; y el personal sanitario para salud, medicina y bienestar. “Son los únicos actores del ecosistema informativo que superan ese umbral de forma consistente en todos los grupos sociales, independientemente de la edad, el sexo o el nivel de estudios”, destaca el informe.

Aunque la gente “confía en quien genera ese conocimiento científico”, la confianza no es tan alta en quien lo gestiona, lo comunica y en las instituciones políticas que toman decisiones al respecto, puntualiza Díaz Catalán. La confianza en la ONU y la OMS, por ejemplo, cae al 52,5%, y solo un 11,9% tiene una confianza alta en los políticos para afrontar problemas relacionados con la ciencia, la salud o el medio ambiente.

Les emociones, el principal motor para difundir desinformación

El estudio también incorporó un experimento para evaluar el impacto de las emociones a l’hora de compartir desinformación. Así, pudo ver que aquellos a quienes se les hacía reflexionar sobre la credibilidad de los contenidos que veían, lo compartían menos que aquellos a quienes se les hacía pensar en lo emocional. Es cuando se connecta con las emociones que “la gente tiende a pensar menos en la verosimilitud, y a compartir la información”, remarcó Pablo Cabrera Álvarez, investigador del Institute for Social and Economic Research de la Universidad de Essex (Reino Unido), en la misma reunión del SMC.